cuatro siete
César Mendoza
El movimiento pictórico Oaxaqueño ha sido fortalecido siempre por artistas de otras tierras que llegan a radicar temporal o definitivamente a Oaxaca. Es el caso de César Mendoza, originario de Puebla. Dice un lema «piensa globalmente, actúa localmente»; Mendoza lo sabe bien, su obra posee una variante temática casi insólita si pensamos en los géneros en que ha incursionado: desde el suprarrealismo a la expresión de un mundo ignoto de tramas complejas y muchas veces difíciles de soportar psicológicamente. Estos antagonismos se reflejan de vuelta en su producción actual. La elaboración de sus paisajes tiene la fuerza justa de lo contemporáneo, pero más interesante aún, marcan la pauta de una energía estética convincente en el fenómeno sub-mercantil del arte. La independencia con la que César Mendoza sujeta el tiempo y el humor de los nuevos argumentos deja claro que no rinde pleitesía al mainstream local. Su exploración inquisitiva del paisaje alcanza atmósferas y espejismos de inmensidad y profundidad pasmosas. La mayoría de las piezas de esta serie son semejantes a fotografías de gran formato (curiosamente muchas personas creen que lo son). Pongamos por caso uno de los recientes nocturnos del autor donde aparece una luna sobre la azul neblina del bosque, que bien puede ser un fragmento del bosque tropical de Chacahua . El tibio espejo del agua es una metáfora de la serenidad. Es un cuadro que pertenece a la terapéutica de la contemplación más que al análisis estético de quien especta.